Por: Tribuna Libre

La captura de Nicolás Maduro en enero pasado no solo marcó el fin de una era en Venezuela; activó un cronómetro judicial en Nueva York cuyas vibraciones amenazan con sacudir los cimientos del sistema político mexicano. Con la audiencia reprogramada para el próximo 26 de marzo, el mundo no solo observa el banquillo de los acusados, sino la “Caja de Pandora” que el exdictador sostiene entre sus manos: la posibilidad de convertirse en el testigo estrella de la justicia estadounidense.
El expediente de la Fiscalía de EE.UU. es demoledor al señalar a México no como una víctima del tránsito de drogas, sino como una plataforma logística y financiera estratégica durante dos décadas (1999-2019). Esta ventana de tiempo es quirúrgica y peligrosa, pues atraviesa cinco administraciones mexicanas, desde el tecnocratismo de finales de los noventa hasta el inicio de la actual transformación política.
La verdadera “bomba” de este proceso radica en el presunto cobro de sobornos y la entrega de pasaportes diplomáticos a figuras de los cárteles de Sinaloa y Los Zetas. Si la Fiscalía sostiene que estos grupos criminales pagaban una parte de sus ganancias a “políticos que los protegían”, la pregunta que hoy quita el sueño en los pasillos del poder en Ciudad de México es simple: ¿Quiénes son esos políticos?
Para México, el riesgo no es solo reputacional. Si Maduro decide cooperar para reducir su condena, basándose en las grabaciones de la DEA y la documentación financiera acumulada que menciona el diario Reforma, los testimonios podrían señalar a figuras que hoy se consideran intocables. La mención del Cártel de los Soles como socio comercial de las organizaciones sinaloenses sugiere una red de complicidades que va mucho más allá de un simple cargamento de cocaína; habla de una arquitectura criminal binacional.
La postergación de la audiencia al 26 de marzo ha sido interpretada por muchos como un espacio de negociación. En este juego de ajedrez geopolítico, México parece ser una de las piezas más expuestas. Mientras en Caracas el poder ha pasado a manos de Delcy Rodríguez, en Nueva York se cocina un expediente que podría reescribir la historia reciente de nuestra política exterior y de seguridad.
El silencio de Maduro tiene un precio, pero su palabra podría tener un costo mucho más alto para quienes, desde este lado de la frontera, facilitaron que el veneno fluyera bajo el amparo de la corrupción sistémica. El terremoto político aún no ocurre, pero el suelo ya empezó a moverse.
